La Estrella de David es producto de su época, sí, pero sobre todo de llevarle la contraria. En estos tiempos de cínico postureo, en los que el oxímoron se ha vuelto el lugar retórico favorito de todo lo que nos define, David funciona como un personaje arquetípico. Todo lo que lo rodea parece organizarse en esa lógica torcida: caramelo negro, dulzura amarga, abrazo a distancia. Gracias a ese repertorio de contradicciones inevitables, su afecto muchas veces se presenta bajo la forma del rechazo; y, en el fondo, quién no querría ser rechazado por él.
En “Andrés” vuelve a atrincherarse en su visión del mundo. Y aunque le canta a la rendición en un estribillo contundente —“si no pierdo la cabeza es que no va bien, si no duele no interesa, no sé por qué”—, no termina de entregarse a la desesperanza. Ahí es donde aparecen La Bien Querida y Andrea Buenavista: la dulzura de sus voces vuelve habitable el conflicto, lo eleva apenas y le da una forma más amable, algo parecido al consuelo.
