20 de marzo de 2026

Cinco.

Dos amigos miran un edificio en llamas. Mientras otros intentan sofocar el incendio, el primero pregunta: “Si tu casa ardiera y solo tuvieras unos minutos para rescatar algo que te importara de verdad, ¿qué salvarías?”. El segundo se toma unos segundos y responde: “El fuego. Salvaría el fuego”.

Esta famosa anécdota es a veces un acertijo y otras es una historia mal citada y otras es un poema. Uno que luego dice que el fuego es lo que defiende de lo impuro y que el futuro ya no es importante, que solo cuenta “la intensidad del instante”. Pero aquí me sirve para ilustrar y atrapar el nuevo disco de Mujeres. A qué suena pero también qué lo rodea. Qué dice y qué hace. Todo lo que significa. “Si todo arde celebraré, el gran estallido, todo lo que he perdido”, cantan en Alucinante. “Una derrota duele más que cientos de quemaduras”, sueltan en Existen heridas. Y en Después destello: “Y mi cabeza estalló: mira cómo brilla en el cielo”.

Cuatro.

Sí, Es un dolor inexplicable, el séptimo disco de Mujeres en veinte años de carrera, es: fuego. El siete es el número mágico de la Biblia: tiene que ver con la plenitud y con la totalidad. Y el caso es que en estas canciones refulge el estrépito garajero de sus primeros temazos, la reivindicación épica de su amistad que fue Un sentimiento importante, la inspiración fibradísima y apabullante de Siento muerte, algunos de los colores de ese jardín variado y valiente que presentó Desde flores y entrañas.

En Es un dolor inexplicable, el trío barcelonés le atiza a la piñata de todo lo que ha hecho antes. Y caen todas aquellas cosas: “un compendio infinito de desastres”, “una luz que ilumina todo a mi paso”, “un torrente, una explosión”, “una palabra que todo destruye”, “un dolor que es difícil de explicar”. Docenas de frases perfectas para corear en los conciertos, pero que parece que te canten solo a ti.

Porque Mujeres conocen la fórmula química de la emoción: la mezcla de asombro y reconocimiento, de misterio y costumbrismo, de distorsión y melodía, las imágenes bíblicamente expresivas y los abrazos de bar. Esa fórmula que logra sincronizar el bombo acelerado con tus latidos taquicárdicos.

Tres.

Los Mujeres son tres amigos de Barcelona y esto no es una frase de nota promocional. Lo son, de verdad. Yago, Pol y Arnau son tres tipos que han resistido un interrogatorio cruzado en una aduana de Estados Unidos, que han comido bocadillos de sardinas en mil estaciones de servicio untando la mantequilla con una tarjeta de crédito, que se han abrazado en las puertas tanto de tanatorios como de maternidades. Y que se han crecido ante todos los golpes como se animan las llamas cuando les sopla el vendaval.

Además, Mujeres tienen una banda de éxito, sí. Pero de esas a las que nadie les va a imponer qué significa la palabra éxito. Pueden tocar tres veces en un día en el festival más tocho y, al siguiente, comprar el atrezzo de su clip en un bazar chino. Llenan grandes salas pero no lo cambian por vaciar 100.000 vasos con los que los escuchan. Han hecho pequeñas discográficas, filmado vídeos, organizado bolos, serigrafiado portadas, montado tiendas de discos de barrio. Se rumorea que alguno los ha visto en el remoto Oriente cabeceando piedras para obtener el petróleo para el etileno y desalando mares para sacar el cloruro de sodio con los que prensar sus vinilos.

Lo han hecho todo. Y juntos. Por eso, tras dos décadas, es tan emocionante un disco así, que incluye una canción, Caen imperios, donde repiten una y otra vez que seguirán. “Seguiremos, seguiremos, seguiremos existiendo, aunque nos olviden”, cantan. Y nosotros los seguiremos mientras sigan.

Dos.

Porque nadie tiene intención de olvidarlos. Y no va a pasar porque, gracias a todo lo anterior, la gente cree mucho en Mujeres, por lo que cantan y por lo que hacen. Dentro del disco, la apuesta es lírica, salvaje y pop, con sus canciones más urgentes. Fuera, firme, audaz y política, rebelándose contra la tiranía del sold out, el crecimiento vía Excel, la piel con escamas del algoritmo, los mecanismos de este mundo.

Es un dolor inexplicable es importante por sus hits, por cómo te agarra de la mano para volver hacia atrás, hacia aquel instante, por no apartarle la mirada a los fracasos mejores y por convertir la pena en estribillo.

Operan con la tenacidad a su bola de Guided By Voices, con la fidelidad festiva de los Fleshtones, con la resistencia camaleónica de Yo La Tengo, con la velocidad de los Feelies. Mujeres fueron en su día nuestros Black Lips o nuestros Jacuzzi Boys. Y en este disco está todo eso, sí. También hay temazos pop que te firmarían Los Cheyenes (Somos una canción de amor) o Los Cardíacos (ese último minuto instrumental emocional hasta las lágrimas que contiene Existen Heridas), y cohetazos garajeros a lo Music Machine (Cristales). Ahora una empieza con un riff hedonista a lo Friday On My Mind de los Easybeats (Después destello), ahora otra arranca con el latido de Just Like Honey de los Jesus and Mary Chain (Si pudieras ver mi futuro). Aunque, en realidad, a lo que suenan Mujeres, tras todo este tiempo, es a Mujeres. Y este disco impepinable (vuelapelucas y vuelcacorazones) es 100% Mujeres.

Pero también toca hablar de todo lo que rodea al álbum: un discurso de autogestión y mimo artesano. Una celebración de la pasión, del fuego. En la época del yo, un disco que abraza el nosotros y crea comunidad: han hecho lanzamientos de singles de 7 pulgadas con caras B que no suben a plataformas, gira de presentaciones por las tiendas de discos donde los vendieron en exclusiva, reuniones fraternales con fans fieles que completan cupones, portadas a mano y sin plástico, hasta este LP, con su exquisita carpeta tip-on jacket vinyl y su póster. No números en la nube: cosas que se pueden ver, oler, tocar y sentir. Estrechando lazos y prometiendo que nadie va a acabar con lo humano. Sin dejarse llevar por la corriente de los tiempos, invirtiendo el curso de los ríos de la industria. “No obtendré la gloria de algunos de aquellos que no la merecen”, cantan. Y quién quiere esa medalla de plástico. Ellos prefieren seguir mirándote a los ojos.

Por todo eso son tan importantes, sí. Como lo es este sentimiento, el del momento justo antes de escuchar sus nuevos cañonazos emocionales, ya casi tuyos. En cinco, cuatro, tres, dos…

Uno.

Fuego. Mira cómo estalla tu cabeza. Mira cómo brilla en el cielo.

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