Escrita por Frankie Pizá.
Antes de seguir, un primer aviso: si entras en STALKER, solo podrás ver un metro por delante de ti. Es el margen que te concede la niebla para orientarte. Erik Urano trabaja también desde ahí, aceptando esa falta de visibilidad como condición de partida. El quinto larga duración del vallisoletano no intenta aclarar el paisaje ni ofrecer una lectura cerrada; se limita a sostenerse. “Avanzar es más que suficiente”.
Frente a una actualidad musical obsesionada con cerrar discursos y producir conclusiones rápidas, con las tesis y los golpes de efecto, Urano propone otra lógica: se construye desde el proceso, no desde el resultado. STALKER debe entenderse como un conjunto de momentos que documentan un periodo de vida y de práctica creativa, ampliando el marco del artista sin la ansiedad de gestos rupturistas.
El amarillo intenso de la portada introduce ese clima desde lo visual. Recuerda simultáneamente a Dizzee Rascal, Kraftwerk o Roots Manuva, artistas que también usaron ese tono como señal de alerta y energía acumulada. Aquí el color activa una lectura más amplia y transversal en la discografía del rapero: la creatividad como radioactividad, un entorno que transforma a quien lo atraviesa. Un espacio que deja residuos, marcas y deformaciones. El cuerpo aislado de Erik en el centro del diseño, sus piernas glitcheadas y la sensación de exposición condensan esa experiencia prolongada de trabajo donde algo se pega y ya no vuelve exactamente a su estado anterior.
La referencia a Stalker de Tarkovski ayuda a entenderlo mejor: la “Zona” como paisaje mental y creativo donde la orientación siempre es parcial y nadie conoce la totalidad del camino.
Urano incorpora esa lógica a su manera de escribir y de avanzar en las canciones. (“Muta. Muta. Muta”). No hay panorámicas ni revelaciones, solo desplazamiento continuo dentro de un espacio contaminado. El álbum asume ese esmog como parte del recorrido y lo adopta como parte de la narrativa, sin subrayarlo.
En lo musical, gran parte del peso instrumental recae en Harto Rodríguez (Radioactividad, Solaris, Nana del Tiempo, Vosjod 2). Y junto a sus dos productores de cabecera, Zar1 y Merca Bae, Erik sigue ampliando su lenguaje de exploración electrónica; esta vez inclinándose hacia una que prioriza la textura, mientras retiene elementos del club y los reorganiza en un espacio más táctil que funcional. Escoltado también por la producción Louis Amoeba y las colaboraciones vocales de HOKE y Suzzee, la voz de Erik opera como materia principal, con repeticiones que actúan como señales internas y sin una dirección fija.
Atravesando los ritmos fragmentados y la densidad de los bajos encontramos equivalencias con las aventuras más intrincadas del rapero experimental Sensational, al mismo tiempo que aparecen ecos del Grime de principios de los 2000 o rasgos melódicos que evocan el universo Bala Club. También se introducen otras fricciones, como el sampleo del músico tradicional Germán Díaz o la aportación de Javier Díez al Theremin.
A mi pregunta si todavía se considera “Rap”, Erik lo tiene claro: “somos más Rap justamente porque no nos parecemos a nada”. Lejos de renegar del género, STALKER trabaja el Rap desde la desviación, como “método” y no como una forma fija. En un contexto marcado por la estandarización estética, la IA generativa y una homogeneidad creativa cada vez más evidente, esta obra opta por decisiones manuales, límites claros e irregularidades asumidas.
Erik avanza solo entre la niebla y sobre radioactividad, con lógica propia y sin prometer ni salidas ni conclusiones. Y STALKER muestra a un artista que, una vez más, ajusta su lenguaje, revisa su método y seguirá moviéndose dentro de un espacio cargado de incertidumbre.
Ya puedes escucharlo en todas las plataformas pinchando aquí.











